
por Néstor Álamo
Muchas personas se extrañan de que, sin saber uno música, haya creado -eso dicen-, la canción canaria. Estos los creen, aquellos no y los de más allá lo dudan. A mí, en el fondo, me da lo mismo; las he hecho por placer, no por oficio.
Se me ocurrió una noche, oyendo a unos conejeros, el Santo Domingo. Le dije a Argentinita que lo arreglaría para ella. Ni idea de cómo ni por donde iba a salir; pero aquello tenía mucho de aprovechable. Volví del revés la melodía –lo de arriba abajo-, y a la copla conocida sumé otras de mi cosecha. Víctor Doreste le puso un enlace de corte español y por ahí anda. Me dijeron que una tía o no sé qué del rey de Inglaterra, se privó oyéndolo en el "Santa Brígida"; y lo pidió. Como no estaba en discos no se le pudo servir. Fue una lástima, porque me veía ya con este membrete en el papel: "Proveedor de Su Graciosa Majestad".
Luego hice, -de cabo a rabo-, "El Jacarandá" y "La Peregrina" ;, basada ésta en la vida novelesca de Doña Marina de Moxica, la sevillana hija de canario que por acá anduvo haciendo la mujer fatal mucho antes de que las costureritas se sintiesen ediciones a la rústica de Marlene o la Hepburn. Lo cierto es que nadie pudo saber la verdad de la vida fantástica y aventurera de la dama. Y como César Borgia en Viana de Navarra, murió Doña Marina en Fuerteventura, obscuramente, al huir de la zarpas, -bastante amorosas con ella-, del Santo Oficio de la Inquisición.
Por la misma época -1935-, y sobre motivos de arroró, hice "Rubio y alto" –que armonizó el Sr. Joergensen-, y "¡Duérmete!" para Josefina de la Torre. El primero no es feo, pero el segundo no vale nada.
Fue entonces también cuado se me ocurrió "Sombra del Nublo". Con esta canción me pasó algo curioso. Iba por la calle Sierpes, en Sevilla, hacia la Campana, cuando en medio del jaleo del atardecer de verano sentí algo que me sonaba. La cosa venía de una de discos. Me paré y oí lo de,
"… vino caliente d’abajo
y el gofio moreno molido oliendo…"
La verdad es que me emocionó aquello. De lo menos que me acordaba o en aquel instante era de Sombra del Nublo. Era la primera vez que oía el disco y la interpretación de la guapísima y simpatiquísima Rosita Dorrego -Dorrego con "D", como dice ella-.
Las últimas canciones hechas –sobre ritmo de seguidillas ambas- son "El Sagalejo" y "La alpispa". Esta se me ocurrió en Barcelona, tendido en un Sanatorio.
"Isla mía" me vino a la imaginación viendo la línea mórbida de nuestras montañas, cuando esperaba la guagua en el cruce de la carretera del Sur, en Los Barquitos. Es la única que me gusta. En Madrid, en una pensión de canarios, de esos que siempre tienen gofio para el desayuno, me obligaron a cantarla. No pude terminar porque me añurgué. Todos los que estaban allí tenían los ojos llenos de lágrimas; conste que es el único éxito que puedo contar en mi vida. Y estoy orgulloso de él.
Comprendo que para la gente de peso, para esa que no pude escribir o componer sino bajo el influjo de una mascarilla de Beethoven o la mirada de cualquier Cervantes de escayola, resulta esto poco elegante; pero uno no tiene culpa de no disponer de otra inspiración más a tono con las normas graves, correctas y establecidas.
Viendo nevar en Montserrat, mientras un gato respecto a otro desarrollaba una obra maestra de persecución y estrategia, junto al bosquecillo que bordea el camino de Santa Cueva, imaginé "La jáira". Vi nuestras medianías por la banda de los pinares, cuajados de un sol de tarde, espeso y tibio. Un jornalero iba cantando su pena al volver del trabajo con un puño y hallar a su jairita desriscada, muerta en el fondo de un barranco...
Pero "La jáira", se me ha resistido. Brindo la idea a quien la quiera.
Todas las canciones están hechas a base de motivos nuestros. Hasta la que parece más exótica, La Molinera, está construida sobre las cadencias de los Aires de Lima, bellísimos, que oí hace años en Artenara.
En cuanto al hacerlas, es muy sencillo. La letra viene con la melodías. Son consubstanciales. Claro que lo que yo escribo es la letra. Así no hay peligro de que una y otra se me olviden. Luego, algunos retoques ligeros; y ya está. En esto han sido mi complemento el Maestro Quico del Rosario y su guitarra.
Me parece llegada la hora de hablar de Agustín Conchs. Sin su indudable talento y buena voluntad, escribiendo y armonizando esas canciones y soportando mis impertinencias, la cosa hubiera resultado muy difícil, por no decir imposible.
Y esta es la forma, lector, en que, empeñándose, puede cualquiera componer canciones sin saber música.
Publicado en Isla, revista trimestral, editada por el Sindicato de Iniciativa y Turismo, año I, número 1, Las Palmas de Gran Canaria, enero, 1945.