Olga Cerpa - Mestisay - Pequeño Fado y Otras Canciones de Amor
Interior de Olga

Hubo un tiempo en que la ciudad donde nos tocó nacer pudo haberse apropiado del bolero aunque éste hubiese nacido en otras orillas. Como la Lisboa de los fados o la Nápoles de las cazonettas, el Puerto de La Luz de la Gran Canaria, que siempre fue bullicio y alegría, recibió a los primeros turistas con calmosos tartaneros y hombres del cambullón que, si a mano venía, trucaban la parda facha de un gorrión en la más linda y variopinta de las aves.

A los foráneos, entre rones de la tierra y güisquis de importación, se les alegraba el condumio y las noches tropicales con canciones de Agustín Lara y Cantoral. Desde el Colón Playa, harén donde se solazaba el changa playero con desinhibidas nórdicas, hasta el Tánger Club, fugaz paraíso de terrenales turgencias, sonaban las suaves voces de un trío -"Los Caballeros", por un poner-, cantando aquello de. "Muñequita linda, de cabellos de oro..." Así que el bolero, como la canción mejicana, es otra cosa para los isleños; como tantos otros tesoros de América, nos hemos apropiado de él, de sus pegadizas melodías, de sus sinsabores, y lo hemos hecho parte de nuestra memorial sentimental.

¿Donde aprendió Olga a emocionarnos cantando? Ni ella misma lo sabe, pero uno intuye que el asunto viene de muy atrás: en el pueblo, en la infancia modesta y humilde que alegraba sus días, sus sueños, con los boleros de la viaja radio; en las verbenas de San Antonio, haciendo de escopeta para una hermana presentona a la que le rondaban los novios, mientras la orquesta tocaba el último éxito de Antonio Machín; en las primaveras con olor a guayaba de la Isla, cuando la Luna enamoraba al Sol.

El interior de Olga está hecho de las mismas urdimbres con las que la diosa Fortuna beneficia, caprichosamente, a algunos seres humanos; pero aquí, en las Islas, esa capacidad de emocionarnos proviene de un pulso lejano, irresistible, que alumbra a poetas que cantan al mar, a pintores que inventan el color del cielo o a narradores que cuentan cuentos que sólo en estas ínsulas se hacen realidad.

Oyéndola cantar los boleros de siempre que ella hace suyos, de los que se apropia con impúdica desvergüenza, uno se enorgullece, por amigo y por paisano, de compartir el regalo de su voz, de su irrenunciable pasión por cantar. Una pasión que desborda; unas virtudes artísticas que nacen a la sombra de Amalia, la Piaff, La Negra y otras grandes señoras de la canción popular del pasado siglo. Todas ellas cantaban a corazón abierto; Olga, también. Es un dolor lacerante, profundo, verdadero, el que vive en su garganta. Es una alegría de vivir contagiosa, solidaria, hermosa, la que vive en su interior.


Manuel González

Fotografías
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