¿Cómo llega un hombre a evadirse del Linimento del bigotudo y el Jabón Imperial para adecentar los cabellos de testas más relumbradas socialmente que la de sus modestos vecinos de Juan Grande? ¿Cómo vislumbra uno que hay vida más allá del sonido de las melladas tijeras de la barbería de la adolescencia? ¿Cómo escapa uno del calor caribeño de las cuarterías pobres de aparceros y aparceras sin sombra de rencor en el alma?
Esa fue la aventura de vida de Pepe López, empecinado en subir escalones, desde la humildad de su cuna, con el único talento de sus manos. Ocurre eso en otros, pero suelen arrastrar un cierto complejo social en cuanto sus esfuerzos y una chispa de suerte los encumbra; y no dejan de haber razones. Sin embargo en Pepe había siempre una modestia llena de orgullo por sus orígenes, por su raíz de pueblo. Una modestia que lo obligaba a abrir los ojos y los oídos para aprender, para aprehender el Arte.
Así fue con la peluquería, con su entendimiento de artista, porque el asunto se convierte en talento útil cuando a las aptitudes naturales las acompaña la cultura del esfuerzo y el sacrificio personal. Pepe fue, además, un excelente empresario, de esos que ya no se estilan porque el mundo de negocios como el suyo se ha puesto perro, multinacional, franquiciado.
Sin embargo en Pepe y en sus modos empresariales había familia, acogimiento, tupida y fresca sombra para quien quisiera, siguiendo su ejemplo, trabajar en uno de sus establecimientos con una sonrisa en los labios. Lo saben y lo recordarán siempre sus empleados, sus clientes, su compañera y sus hijos, huérfanos de un tutor y amigo ejemplar.
Pero si no fuera suficiente con esa orla de honores, habrá que añadir que Pepe López adornaba su vida social, pública y personal con una generosidad sin límites; era un comportamiento de otro tiempo, o mejor dicho, de otro país. Pepe tenía una cultura norteamericana en su sentido de construir comunidad desde sus recursos empresariales: la ingente cantidad de eventos, de galas de carnaval o de obras de teatro en las que se implicó de forma altruista dan fe de ello.
Gracias a Pepe, y a gente de su estatura moral, yo pude producir y representar "Querido Néstor". Fueron incontables las horas de camerino, de atención y cariño, que dedicó al estilismo y al peinado del numeroso elenco que participó en aquel musical y en su continuación. Un trabajo, por otro lado, de una cualificación profesional envidiable, que no desmerecía a las mejores producciones del género que se ofrecen en Madrid o Barcelona. Y todo eso vinculando a su equipo de jóvenes y veteranos peluqueros y maquilladores, como su inseparable Ángel, incitándolos a compartir el sueño de otros, que él consideraba, por conciencia social, que debía ser el sueño de muchos.
Esta noche, en el reestreno de "El Cabaret del capitán Varela", donde también Pepe alcanzó a poner su talento de artista, invitaremos al público a guardar un minuto de silencio antes de que se alce el telón de la función, que irá dedicada a su memoria; es un modestísimo pago a todo lo que nos regaló.
Para hacer País hace falta un montón de gente así: inquietos barberos de pueblo que un día, en un coche de horas, emprenden el camino hacia sus sueños con el alma de un bondadoso Fígaro.







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