Archivos Junio 2009

11 de Junio 2009

JAR270.jpgTodavía arrastramos resaca emocional de la noche de Jose Antonio; seguro que todos los que participamos, tanto en la producción como subidos encima del escenario de la sala sinfónica del Auditorio de don Alfredo. Tengo la desgracia y la suerte que me ronden algunos fallecidos de mi tribu y me comprometan a ayudar a que su recuerdo siga vivo. Y aunque aquí sólo ayudé a acompañar a Olga y a Pancho Amat con la guitarra y a poner el vestido escénico a la solvente dirección musical que ejerció el saxofonista Andreas Prittwitz, la sensación de lo vivido fue de una intensidad dificilmente explicable para quien no estuviera allí.

Los organizadores de todo, la familia de Jose Antonio Ramos, especialmente Márgaret -su esposa- y Pilar -su única hermana-, hicieron un encaje de bolillos que salió casi perfecto. Es muy complicado atender a todo, no herir sensibilidades, hacer una lectura fiel de lo que hubiera querido nuestro timplista y amigo que ocurriera porque, simplemente, ya no está. A ellas sí que les queda ahora un camino en pendiente para que esa ausencia -Jose llenaba la vida de todos los que tenía a su alrededor; era el jefe de su tribu- se vuelva una presencia sonora, lejana a las penas, cómplice con la vida que continúa.

Todos los que subimos al escenario lo hicimos con las manos llenas de recuerdos de la música y la amistad de Jose. Y fuimos capaces de traernos al público que llenaba la sala hasta el registro de creación de lo que habrá de salvarse de Jose más allá de la esfera personal: sus músicas y su inolvidable capacidad de atrapar con su timple las sensibilidades de instrumentos, ritmos y voces venidos de otros mundos.

Debo imaginar que los demás también - todos los que siguen siendo y se sienten amigos de Jose y jugaron un papel en la sombra, ayudando desde sus responsabilidades: desde un periódico, desde los despachos del Auditorio o simplemente comprando las entradas del concierto. Por mi parte, confieso que lo tuve detrás más de dos meses, metiéndome su aliento en mi cuello, oyendo su música todos los días mientras le daba vueltas, una y otra vez, a los lugares y canciones donde debían ir las imágenes de los fotógrafos que, generosamente, quisieron pintar las melodías de Jose con el color de la vida. Fue, sin lugar a dudas, una noche para no olvidar. Fue la Noche de Jose Antonio.


Fotografía de Nacho González