Archivos Octubre 2008

31 de Octubre 2008

130.jpgRecientemente leí algo, en una revista especializada, acerca del volumen astronómico que han adquirido los registros fotográficos domésticos en todo el mundo a raíz del descubrimiento y comercialización de los lenguajes digitales en el sector de la imagen. En el pasado, la tecnología analógica obligaba a que la fotografía fuese, en el ámbito aficionado, una experiencia cara: no bastaba con disparar un montón de fotogramas; había que pensar que ese hecho tenía después una traducción "económica" si se quería acceder a visualizar lo que habíamos congelado en un fotograma.

Así, los descubrimientos de la industria del sector, que nació al igual que otras industrias como un ejercicio de artesanía, fueron empujadas por las múltiples aplicaciones prácticas del invento en nuestra cotidianeidad y por la costumbre del consumo. Se propician soluciones tecnológicas más "democráticas", entre otras cosas para que el invento esté al alcance del consumidor medio. A tenor de todo ello, la fotografía ha pasado en menos medio siglo, en nuestras latitudes y en nuestros ámbitos más domésticos y familiares, de ser una excepción a ser una costumbre.

Pero volvamos al documento fotográfico como recurso de información histórica, en un ámbito mucho más modesto que el practicado por los grandes fotógrafos del siglo XX. El álbum fotográfico que cada familia guarda en casa se convierte, a los ojos de un espectador ajeno al círculo familiar que propicia esos documentos visuales, en un retrato escenográfico de interés para la memoria antropológica de cualquier sociedad moderna.

Hace poco descubrimos en Internet, en este campo, una experiencia que nos pareció singular: un grupo de personas cuelgan en la red fotografías que encuentran en la calle, en vertederos públicos o en edificios abandonados. E invitan a los internautas que se acerquen hasta esa página (www.moderna.org/lookatme) a aportar sus propios hallazgos callejeros visuales; son todas ellas fotos entresacadas de colecciones familiares abandonadas al olvido. La colección a la que nos referimos se extiende desde los años 20 del pasado siglo hasta principios de los 70 por lo que se colige de la propia observación del material fotográfico, ya que no hay posibilidad de ofrecer más datos sobre el origen de los mismos.

No obstante, esa dispersión de orígenes y dataciones alimenta una seducción conceptual que propicia una apariencia de colección en el material expuesto. Y se nos ocurre que una de las claves para que eso suceda tiene que ver con la aparente "eternidad" del propio documento fotográfico. Así, las instantáneas fotográficas no son otra cosa que pequeñas células visuales de información sobre un ecosistema humano concreto; que colocadas unas junto a otras propician un caleidoscópico movimiento en el que las piezas del puzzle al que pertenecen, aun con grandes extensiones sin rellenar, se miran unas a otras como parte de una totalidad. Y se intuye, en nuestra retina de privilegiados espectadores, los colores del tapiz humano que dibujan esas huellas. Así que atentos, amigos: nuestros álbumes fotográficos hablaran, y mucho, de nosotros cuando nos toque palmarla.

26 de Octubre 2008

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Creo recordar que fue hace diez años, en España, cuando vieron la luz en papel, con un cuidado editorial destacable, las canciones que Silvio Rodríguez había grabado hasta entonces. Son varios volúmenes, aptos sobre todo para la liturgia de seguidores irredentos y profesionales de la escritura musical que quieran tener a mano un ejemplo de uno de los cómo de la escritura de la canción popular contemporánea en castellano.

¿La música en papel pautado iba acompañada de unos textos del cantautor cubano donde se apuntaban datos de su periplo vital a propósito del tiempo en el que escribió aquellas canciones? Me parece que sí, aunque no lo sé con certeza porque no tengo a mano la edición de la que hablo. Silvio hablaba de cuando desembarcó, por primera vez, en el mundo occidental. Fue en la ciudad donde yo nací, Las Palmas, en un puerto visitado de continuo por la flota cubana. En aquella época la frontera que la ciudad compartía con el recinto portuario, especialmente un parque llamado de Santa Catalina adonde los niños de entonces íbamos a que nos fotografiaran en el lomo despelusado de un camello de cartón, era un remanso de olores que mezclaban el pachuli del changa playero con el sudor humano y salitroso de los jipis que vendían artesanía propia en puestos callejeros improvisados.

El parque y sus aledaños eran un microcosmos de canciones, partidas de dominó y ajedrecistas comunistoides, poetas insulares arramblados a la barra de un bar, travestidos vigilados de lejos por la policía y unos cuantos trasterrados sociales como Lolita Plumas que, al fin de los años y la década, se revelarían como los únicos cuerdos de aquel jardín urbano.

Razones y colores que sirvieron a Silvio para pensar en la deserción, según confiesa. Sobre Cuba hablaremos otro día, que es siempre tema recurrente de discusión en España, en Canarias y entre los músicos. Aquella lectura, junto a una canción de Cheik Lo´ -al que escuchaba en aquella época- simulando un reggae me incitó a escribir una canción que se titula Trovador de sueños y que editamos en Viento de la Isla: "Trovador de sueños/ navegando/ trovador de sueños/ va cantando..."

Y una nueva navegación pretende descubrir este blog donde, si nos deja la constancia, escribiremos, para, en primer lugar, cumplimentar el esfuerzo creativo y el cariño hacia nosotros y nuestras cosas que han desplegado los amigos de Canarias7digital al diseñar esta nueva página web.

Y para ponernos al día cumpliendo con quienes nos han escrito y seguido durante estos últimos diez años en la red pidiéndonos información sobre canciones y sobre nuestros proyectos. Hemos querido titular este espacio internaútico con el nombre de una de nuestras patrias, La orilla del mar. A ella, muchas veces, han llegado aplausos, saludos y guiños cariñosos, gente que se fue y volvió, sonidos de otras orillas... Otras, vacías bolsas de plástico, pelotas de piche y alquitrán que nadie sabe quién tiró al mar. Tendrán también su apartado que, quizás, titulemos, El Pozo negro. Y escribiremos nosotros, Antonio, Olga y yo; y quizás algunos de nuestros colaboradores en las cosas que estemos haciendo en cada momento.

Pero lo que más nos ilusiona de este nuevo proyecto es que podremos contar cosas nosotros mismos, sin necesidad de intermediaros mediáticos ni problemas de espacio, cosas que nos ocurren a la orilla del mar: lugares y gentes que hemos conocido o conoceremos, proyectos que realizamos o esperamos realizar, lecturas que nos han descubierto o descubrirán otros modos de ver la vida... Así que vámonos, que nos aguarda una travesía navegando.