Recientemente leí algo, en una revista especializada, acerca del volumen astronómico que han adquirido los registros fotográficos domésticos en todo el mundo a raíz del descubrimiento y comercialización de los lenguajes digitales en el sector de la imagen. En el pasado, la tecnología analógica obligaba a que la fotografía fuese, en el ámbito aficionado, una experiencia cara: no bastaba con disparar un montón de fotogramas; había que pensar que ese hecho tenía después una traducción "económica" si se quería acceder a visualizar lo que habíamos congelado en un fotograma.
Así, los descubrimientos de la industria del sector, que nació al igual que otras industrias como un ejercicio de artesanía, fueron empujadas por las múltiples aplicaciones prácticas del invento en nuestra cotidianeidad y por la costumbre del consumo. Se propician soluciones tecnológicas más "democráticas", entre otras cosas para que el invento esté al alcance del consumidor medio. A tenor de todo ello, la fotografía ha pasado en menos medio siglo, en nuestras latitudes y en nuestros ámbitos más domésticos y familiares, de ser una excepción a ser una costumbre.
Pero volvamos al documento fotográfico como recurso de información histórica, en un ámbito mucho más modesto que el practicado por los grandes fotógrafos del siglo XX. El álbum fotográfico que cada familia guarda en casa se convierte, a los ojos de un espectador ajeno al círculo familiar que propicia esos documentos visuales, en un retrato escenográfico de interés para la memoria antropológica de cualquier sociedad moderna.
Hace poco descubrimos en Internet, en este campo, una experiencia que nos pareció singular: un grupo de personas cuelgan en la red fotografías que encuentran en la calle, en vertederos públicos o en edificios abandonados. E invitan a los internautas que se acerquen hasta esa página (www.moderna.org/lookatme) a aportar sus propios hallazgos callejeros visuales; son todas ellas fotos entresacadas de colecciones familiares abandonadas al olvido. La colección a la que nos referimos se extiende desde los años 20 del pasado siglo hasta principios de los 70 por lo que se colige de la propia observación del material fotográfico, ya que no hay posibilidad de ofrecer más datos sobre el origen de los mismos.
No obstante, esa dispersión de orígenes y dataciones alimenta una seducción conceptual que propicia una apariencia de colección en el material expuesto. Y se nos ocurre que una de las claves para que eso suceda tiene que ver con la aparente "eternidad" del propio documento fotográfico. Así, las instantáneas fotográficas no son otra cosa que pequeñas células visuales de información sobre un ecosistema humano concreto; que colocadas unas junto a otras propician un caleidoscópico movimiento en el que las piezas del puzzle al que pertenecen, aun con grandes extensiones sin rellenar, se miran unas a otras como parte de una totalidad. Y se intuye, en nuestra retina de privilegiados espectadores, los colores del tapiz humano que dibujan esas huellas. Así que atentos, amigos: nuestros álbumes fotográficos hablaran, y mucho, de nosotros cuando nos toque palmarla.







