Les debo unas disculpas a los lectores del blog, pero entre las presentación del espectáculo "Romántico" en Las Palmas, viajes entre Madrid y la Isla y el homenaje a Totoyo, no he tenido tiempo ni tranquilidad para alimentarlo con nuevos artículos. Voy a procurar enmendarme en estos próximos días y lo quiero hacer hablando del génesis del concierto-homenaje que, entre varios amigos, hemos puesto en marcha en torno a la figura del que fuera nuestro maestro de timple.

El concierto de Totoyo, que fue un encargo con el que nos interesó la gente del Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas, era inicialmente una propuesta hecha en torno a Jose Antonio Ramos que hicimos conjuntamente con Braulio Pérez y la gente de Tribalia Producciones, amigos también de Jose. Nos hacía ilusión idear una producción que insistiera en la singularidad de la propuesta creativa de Jose Antonio, a través de una grabación de un DVD y un disco con figuras locales, nacionales e internacionales con las que Jose hubiera colaborado -y no eran pocas- o estuvieran en su ámbito estético. Que eso sucediera en nuestra ciudad natal, tal como ocurrió con el disco "K" de Kepa Junquera en Bilbao, nos parecía una aventura excitante y nada casual.
El proyecto venía de lejos -al menos dos años-, pero en verdad no fue el desgraciado fallecimiento de Jose Antonio lo que truncó el proyecto: en enero del año que termina Jose decidió posponer su participación porque nos comentó que andaba enredado con otros proyectos. Yo pensé entonces que no debíamos despreciar la posibilidad de producción que nos brindaba el Auditorio "Alfredo Kraus" y que a Totoyo, que volvía a tener la oportunidad de que le fuese concedido el Premio Canarias de cultura popular al que ya había estado propuesto hacía dos años, le vendría bien el apoyo psicológico, mediático y económico que sigificaría la organización del evento.
Es una costumbre que los programadores del coliseo capitalino llevan manteniendo desde hace casi una década con notable éxito en cada una de sus convocatorias -este evento anual ha permitido que los más prestigiosos músicos populares isleños expongan sus propuestas creativas con una dimensión de producción no habitual y en un marco escénico singular-. Ha sido una propuesta que se ideó cuando Tato Bethencourt era el responsable de programación de ese espacio y ha continuado después. Llama la atención porque, en general, los programadores de espacios escénicos -por supuesto los canarios- son de una obviedad evidente. Desde luego, esa iniciativa es única, por su continuidad anual y por sus capacidades presupuestarias. Esperemos que continue.
El vínculo entre Totoyo y nosotros -especialmente el mío con él- ha sido siempre muy importante para mí. Totoyo me inoculó la pasión por la música tradicional de Canarias gracias a las clases que recibí de él cuando yo era un adolescente. Entrar en su academia de la calle Triana era una experiencia casi mística a propósito de aquellos "altares" paganos donde se reunían todo el Olimpo folclórico de Canarias en ajadas fotos colgadas de la pared. Quiero recuperar un artículo que escribí hace años sobre mi vínculo con mi viejo Maestro y que títulé "Las manos del Maestro". Jose Antonio -andábamos varios exalumnos (Jose Sanabria, Carlos Oramas, él mismo y yo) intentando ayudar al viejo- , me pidió el título, un texto para ese hermoso disco que construyeron a seis manos él, Carlos Oramas y Totoyo. Hicieron su presentación pública en el Teatro Cuyás de Las Palmas y le diseñé a Jose un espacio escénico y un concepto de espectáculo que, creo, les gustó a todos ellos y al público que llenó el recinto. Aunque bien es verdad que lo que habían construido en aquel disco era tan potente que no necesitaba de más acompañamiento que sus sobrados talentos.
En verdad, la historia empieza más atrás: un par de años antes de que ocurriera todo eso, Pepe Sanabria había preparado, a través de una Mancomunidad de Municipios de Gran Canaria de la que es gerente, una serie de conciertos y cursos para animar a Totoyo a volver a la presencia pública. Después, con Mestisay, lo invitamos al espectáculo de "Toda una vida" para que tocara una folías que cantó Olga. Fue un momento mágico vernos juntos tocando junto a Jose, a Carlos y a Totoyo, cuando ya Jose Antonio ya les había enredado en el pensamiento del disco que después hicieron juntos. Es el video de los que nos han colgado en Youtube, que ha recibido más visitas de todos los nuestros y no deja de ser comprensible porque hay un retrato verdadero del milagro de hacer música en aquella grabación. Después Jose Antonio se embarcó, con la pasión y el instinto talentoso con el que hacía todo, en "Las manos del Maestro", que tuvo un éxito más que notable allí donde se representó.
Pero recupero aquel artículo publicado en la prensa local, en el que entonces escribí lo siguiente:
Todavía me duelen los coscorrones del maestro, golpeando con el puño cerrado, sobre mi cabeza, como si fuera un tambor. "Pon el Re en el mismo traste, el segundo...! ¡Noooo, el segundo, coño! ¡Quita ese dedo de ahí!" A veces venía de mal humor, con barba de tres días, desarrmado por la vida, pero yo lo admiraba y me quedaba callado esperando a que afinara mi timple. El suyo estaba siempre como un requinto, bien afinadito. Sólo bastaba que el maestro lo cogiera para que cantara vida. Era un instrumento hermoso, con incrustaciones de nácar y muescas de madera negra incrustada en la de palosanto de la caja. Sus cuerdas sonaban cristalinas, puras, casi virginales cuando Totoyo las arpegiaba. Mi timple era un cacharro porque papá, cuando le pedí que me pagara las clases, me compró un timple malo, de esos de nogal que hacía el maestro Alemán en su taller de Santa Brígida: -"Si te cansas de ir a clase, no habremos perdido mucho y regalamos el timple a alguno de tus primos".
Me gustaba oler los instrumentos por dentro, metiendo la nariz por sus bocas. Cuando Totoyo se iba un momento a atender alguna visita y hacíamos un descanso en la clase, aprovechaba para coger su timple y olerlo. Sabía a barrica, a edulcorados aceites, a rosas silvestres de esas que crecían entre zarzales a la orilla de las serventías; a madera noble y humedad de tierra roja empapada de rocío mañanero.
La academia de Triana tenía las paredes llenas de fotos del Maestro con grupos de niños y niñas a los que había dado clase en las Dominicas: todos uniformaditos, con el alma inocente resplandeciendo en sus caras, aferrando en sus manos los instrumentos guardados en los forros de eskay -verdes, o morados- que vendía Chano en su tienda de la calle Perdomo. También había fotos de Totoyo con personalidades: una, abrazando a un hombre vestido de ruso con una balalaika y otros muchos rusos detrás aplaudiendo; otra, con un señor de pelo blanco, muy blanco y largo, que se parecía al Dios que salía dibujado en el "Amiguitos" del párvulos. Años más tarde me enteré que aquel hombre era Rafael Alberti. Y muchas más fotos.
Sin embargo, el encanto de aquel lugar estaba guardado en las manos del Maestro, que se movían inquisidoras, tensas, partiendo el aire en mitad de una conversación telefónica y que, al momento, al volver al timple, se transformaban en amantes, solícitas y embaucadoras manos. Totoyo Millares reinventó el timple; quiero decir que le dio alma, que lo convirtió en voz, en protagonista. Antes de él había sido un ruidoso acompañante de la parranda, de la Fiesta canaria. Millares logró arrancarle heridas cuando punteaba el arrorró; le dio vida al verso de una copla famosa -"toquen vivito, vivito..."- con sus rasgueos de isa y lo enseñoreó en el aire de una folía.
Ha vivido Totoyo en busca de un sueño, aunque él mismo no se diera ni cuenta. Rodeado de camisas de popelín y chaquetas de basta estameña, buscaba al "buen salvaje" de los canarios: un boyero que hería la tierra detrás de una vaca que respondía al nombre de "Mariposa" o "Manzana"; un pastor que adivinaba el nombre de sus cabras con sólo oír las cencerras bajando por el monte; una hilandera que daba vueltas y más vueltas en su telar de tea vieja a la humilde miseria de los que nada tenían salvo sus manos.
Lo hizo por convicción, por genes, extraños genes que habitan entre los de su tribu, lo que aún viven y los que se fueron. En apariencia lo tuvo fácil, creciendo entre hermanos que pintaban, rimaban palabras en busca de la Verdad, a la sombra de un padre que pagó con el silencio su espíritu liberal y de una madre que tocaba sonatas de Chopín en un desvencijado piano de pared. Pero en realidad, lo tuvo difícil, enemigo de si mismo y de las convenciones sociales, encerrado en un mundo de siete cuerdas que aplacaba su carácter cambiante de sombras y luces.
Y vuelven a mí las imágenes y los sonidos que aún habitan en la vieja academia de Triana, donde tantos niños - hoy algunos de ellos consumados intérpretes- se iniciaron en la modesta pasión de acoger un timple entre sus manos. Una pasión que incitaba el Maestro, Totoyo Millares, entre coscorrones y pacientes consejos.
<small>Foto de Miriam Cejas. Con el cantante Jose Manuel Ramos, Totoyo y Nay en la Plaza de La Candelaria. Santa Cruz de Tenerife (Octubre 2006).